Portadas de papel

Diego Gallardo El Pijo de los Chalao, una vida entre el pescao y el arte

El pasado viernes falleció el único hijo que vivía del mítico Tío Chalao, gran creador de bulerías de Jerez, a los 79 años 

 Diego Gallardo El Pijo de los Chalao
Diego Gallardo El Pijo de los Chalao

Diego era un artista en las distancias cortas. Daba gusto verlo alternando, tomando una copa de fino en cualquier bar del centro de Jerez con el propósito de convidar a cualquier amigo que se encontrara. Era muy generoso, a veces demasiado, pues daba lo que tenía aunque siempre con un ojo puesto en su casa y en su Juana de su alma. "Si no fuese por ella..." solía decir siempre. Era un gitano con gusto, gran aficionado a los cantes de Agujetas, su primo, y muy respetado y querido por todos. 

Si antes de Nochebuena La Plazuela despedía a Alfonso Mijita, su sobrino, el pasado viernes 26 el mundo flamenco jerezano hacía lo propio con Diego Gallardo Loreto, conocido desde siempre por El Pijo. Lo del mote no sé realmente por qué fue, fuentes familiares cuentan que porque siempre andaba desnudo de pequeño, algo travieso, y sale de un simpático juego de palabras, pero sí hay que destacar su elegancia innata, sus camisas de sedas, sus pañuelos al cuello y sus buenos jerséis. Era el único heredero vivo de José Tío Chalao, hermano de Agujetas El Viejo y Tío Mingo Rubichi, por lo tanto era una absoluta referencia vivencial de una de las etapas más prolíficas del cante de San Miguel. Su madre era de Santiago, Pilar Loreto Fernández, que tuvo con José diez hijos. Conocía bien todos los secretos de esos aires que marcaron un tiempo y que todavía perdura, y cuando estaba a gusto lo contaba y lo cantaba. 

"Yo no roneo de buen cantaor, pero de compás ando sobrado, escuchan mis palmitas... mi Bo se volvía loco", solía decirme en los ratos de reunión. Mi interés era entrevistarlo, con cámaras por delante, pero nunca lo conseguí porque reconocía que "yo no sé explicarme". Por más que insistí no hubo manera. No se dedicó al cante de forma profesional pero de vez en cuando salía al escenario para compartir con otros aficionados sus pasión por las bulerías y los fandangos, no solía salirse de ahí. Quizás unas bulerías pa escuchar al golpe, que no era cualquier cosa. 

Diego era pescaero, de esos que vendían "cada día 40 o 50 kilos de pescailla de Cai". Es la profesión con la que se ganó la vida y con la que supo vivirla. Aprendió todos los secretos de su hermano El Chato, quien también fue conocido por El Chalao, a quien por cierto Antonio Higuero dibujó en un gran lienzo que sirvió para presidir la peña que inauguraron en Santo Tomas de Aquino y que ahora está en la Peña La Bulería. En esa plaza de Federico Mayo creció profesionalmente hasta quedarse con el puesto. 

Amigo, pues, de otros como Luis El Zambo, Alonso, Juan y Manuel Flores, Alonso y Diego Méndez, Pacote Garrido, El Remendao... todos ellos fueron grandes nombres de la época en la venta del pescao, todo un ritual

En esa peñita, a principios de los 90, se dieron grandes recitales como los de Manuel Agujetas, Luis de la Pica, Pepe de Joaquina... y otros ratos de reunión con Tío Sordera, entre otros. Muchos de esos momentos se recogieron en vídeo y Diego guardaba algunas copias en casa y otras en el coche para dárselas a quien considerara oportuno según el momento. "Tengo que darte unas cintitas que tengo ahí...", otra de sus frases. 

Extrovertido y simpático, no le gustaba porfiar pero cuando se hablaba de cante tampoco le iban las medias tintas. Tenía un paladar exquisito, propio de lo que escuchó de niño en la calle Acebuche, donde se nació, se crió y creció. Por el barrio andaba muchos sábados, acabando en ocasiones en la Peña La Bulería, o lo mismo acababa en Santiago, "porque a mí me quieren en todos sitios". También era caracoleo, le gustaba la zambra, incluso a piano, y en ocasiones metía por bulerías algunas letras románticas y ochenteras que aprendió seguro en noches de bohemia. 

Se marchó otro gran estandarte de la gitanería de La Plazuela, en un mes de diciembre en el que se fueron otros como Manuel Agujetas y su hijo Antonio, El Torta, Manuel Moneo o, más reciente y como ya se ha mencionado, Alfonso Mijita. Dice Domingo Rubichi que "al de arriba le gusta lo bueno" y El Pijo ya se fue "con mi mare pilada".