Portadas de papel

El día que Zapatero vino a hablar de su libro

A estas alturas, todos ustedes tendrán formada una opinión acerca del caso Plus Ultra y de la implicación en el mismo del expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Sospecho que no será la misma que antes de conocer los detalles del auto del juez. Es más, yo el primero, me creí la convincente intervención del propio Zapatero en el vídeo de minuto y medio que divulgó a los medios negando todos los hechos, a la par que sus fieles escuderos y aliados deslizaban dos consignas esenciales: “detrás de la denuncia está un sindicato de extrema derecha” y “esto obedece al que pueda hacer que haga alentado por Aznar”.

Tanto una como otra se han demostrado falsas, y las palabras del expresidente han terminado barridas como por acción del viento a medida que se desgranaban los contenidos de las 82 páginas del escrito del magistrado, mientras los medios siguen a la espera de esa prometida convocatoria en la que iba a responder a todas nuestras dudas, muchas de las cuales han empezado a ganarse la condición de certezas a falta de lo que declare ante el juez.   

Apenas cinco días antes de que el asunto  se adueñara de la opinión pública, Rodríguez Zapatero estuvo en los estudios de 7 TV en Jerez, donde concedió una entrevista centrada exclusivamente en las elecciones andaluzas, como parte de su compromiso con la candidatura socialista liderada por María Jesús Montero.

Poco favor le hizo. Creo recordar que sólo citó su nombre en un par de ocasiones y que dedicó mucho más tiempo a hablar de sí mismo y de sus conquistas políticas que de los motivos por los que había que votar a la candidata socialista, como si el mero hecho de repasar sus años de gobierno fueran excusa suficiente para votar al PSOE, no digo ahora, sino toda la vida, que es como si hubiera que darle esta semana la Champions al Madrid porque nadie ha repetido lo que el equipo de Zidane en la historia.

Zapatero, ya les digo, venía a impulsar las aspiraciones electorales de Montero, pero no paraba de hablar de su libro, de los tres millones de votos que le arrebató al PP, de las conquistas sociales que abanderó durante su etapa, de la derrota de ETA, como si tuviera que restablecer la memoria colectiva en torno a sus dos gobiernos y a lo que él supuso para el partido en ambas legislaturas, y como si eso bastara de aval para seguir votando al PSOE, a falta de más memoria, porque también pudo abundar en lo que consiguió Felipe González o en las históricas mayorías absolutas del partido en Andalucía, pero no lo hizo, convencido de su papel como activo imprescindible, como ya lo fue en la campaña a las generales en favor de Pedro Sánchez después de que se viera obligado a defender un hecho fundamental:

“Aquella campaña estaba centrada en echarnos encima el tema de Bildu, porque había incorporado a ex miembros de la banda. A mí aquello me revolvió por dentro, porque el que acabó con ETA fue mi gobierno. Cuando lo vi, llamé a mi secretaria y le dije, despéjame la agenda, me voy a dedicar a hacer campaña porque esta mentira histórica que se echa sobre el PSOE no la voy a consentir. Salí con esto y fue importante”.

Aquello fue importante para Sánchez, pero Zapatero no ha encontrado paralelismos a la hora de conseguir el mismo efecto en favor de Montero. Es más, dicha ahora, aquella petición a su secretaria Gertrudis -“despéjame la agenda”- suena distorsionada, a un “aguántame el cubata”, porque todo ha empezado a devaluarse en torno a la figura actual del expresidente, por mucho que respetados militantes, muy cercanos a su figura, sigan haciendo causa en favor de su inocencia y poniendo la mano en el fuego por él.

Rescaten si pueden la intervención de Eduardo Madina de hace unos días en la Ser, vapuleado por lo que dice el auto del juez, por los registros, frente a la imagen incorruptible que conserva y mantiene de Zapatero, y confiado en que este día 2 pueda demostrar que va a seguir siendo así: “No sé situarlo ahí, creo plenamente en su inocencia. Es una noticia que me lleva a un sitio donde no sé estar, no sé concluir, no sé analizar”.

Ese desconcierto, vivido casi como una prueba de fe, apunta ahora mismo a decepción, como la entrevista de Zapatero en campaña. Muy pocos comprarían ahora su libro.