La memoria de los anónimos
¿Se sentirían orgullosos de las hermandades a las que entregaron su vida aquellos cuyos nombres ni siquiera nadie recuerda?
Noviembre. Ya están las dolorosas vestidas de negro y las hermandades convocando misas de difuntos. Se recuerda especialmente a los cofrades fallecidos a lo largo de los últimos doce meses, a esos que más o menos se ha rozado, y ya se sabe que el roce hace el cariño (o no).
Con otros no hubo posibilidad alguna de mantener relación porque pertenecieron a generaciones anteriores, y quizá por eso no tengamos en cuenta que gracias a ellos nuestras instituciones tuvieron posibilidad de llegar hasta aquí. Si desarrollaron su vida a lo largo del pasado siglo XX, es probable que nos haya quedado alguna fotografía en blanco y negro. Si su presencia en este ‘valle de lágrimas’ fue anterior, a lo más que podremos acceder será a algún nombre, y siempre y cuando no se hayan perdido los archivos.
Luego están los otros, los que no llegaron a salir en las fotografías y mucho menos firmaron el contrato para la hechura de tal o cual imagen en épocas pasadas. Esos sí que no tienen rostro ni nombre. Pero estuvieron, y fueron igualmente imprescindibles para que hayamos llegado hasta aquí.
Desde flagelantes y disciplinantes hasta quienes año tras año vivían el descendimiento de Cristo junto a Santiago o las caídas de Jesús en la Corredera o la plaza del Arenal, esa masa de gente que aparece en las primeras estampas de nuestra Semana Santa. ¿Nos acordamos también en estas fechas de aquellos a los que no conocimos?
La sociedad está en permanente evolución y las cofradías no pueden ser ajenas a ese desarrollo más o menos lógico de las costumbres. Ahora bien, convendría tener siempre presente el pasado, saber de dónde se viene y cuál es el fondo que durante siglos ha movido al fenómeno de la religiosidad popular.
No estaría de más aprovechar este mes de recuerdo a los difuntos para preguntarse si lo que ahora hacemos se ajusta al menos en su esencia a lo que sembraron tantos cofrades sin rostro ni nombre, a los que debemos nuestro presente. ¿Se sentirían orgullosos de la hermandad que fundaron o a la que entregaron buena parte de su vida? ¿Reconocerían la Semana Santa actual?
Creo que noviembre es un mes propicio para hacer esa reflexión, no vaya a ser cosa de que únicamente nos sirvamos de la historia para celebrar aniversarios y para que en nuestros membretes aparezcan los títulos de ‘muy antigua, ilustre y venerable archicofradía’.