La difícil gestión del último relevo

No debe ser agradable recibir la llamada del hermano mayor para conocer una ‘mala nueva’, por mucho que llegue edulcorada con muestras de gratitud eterna y parabienes...
Los relevos al frente de las cuadrillas de costaleros no suelen estar exentos de controversia. | Viva Jerez.
Los relevos al frente de las cuadrillas de costaleros no suelen estar exentos de controversia. | Viva Jerez.

No falla. Basta que una hermandad comunique formalmente una permuta de capataces para dotar a las tertulias de tema de conversación. Puede ocurrir también si se cambia de vestidor, pero no es lo mismo, casi siempre porque en este último caso al saliente apenas le queda el aliento de unos pocos deudos y en el primero suele compartir el pesar del hombre del martillo un ejército de costaleros casi siempre superior al que acompañó a Cristóbal Colón en busca de las Indias.

No debe ser agradable recibir la llamada del hermano mayor para conocer la ‘mala nueva’, por mucho que llegue edulcorada con muestras de gratitud eterna y parabienes. También supongo que reconfortará más ser portador de nombramientos que de ceses, pero tragarse esos ‘sapos’ va en el cargo y además el ritual –el del adiós y la posterior bienvenida- forma parte del día a día de cualquier institución.

Si hablamos de capataces, suelen olvidar quienes reciben la llamada final de la hermandad que para que en su día llegaran al martillo que ahora dejan debió producirse un cese no menos doloroso que el suyo. Echen la vista atrás y recuerden quiénes eran los capataces de la Semana Santa de Jerez de hace 10, 15 ó 20 años…

Comprobarán cómo progresivamente unas generaciones han sido sustituidas por otras, y tengan la certeza de que quienes ahora mandan a las cuadrillas de costaleros en apenas unos años deberán limitarse a evocar el tiempo que se fue.

‘Tempus fugit’, casi siempre más rápido de lo que uno desearía.

Comienza el curso cofradiero. Llegan nuevas juntas de gobierno -o no-, se renuevan o nombran eso que ahora se denomina ‘cargos de confianza’, y así va pasando el tiempo. Unos se van y otros vienen. Se cambia al vestidor, a las camareras, a los fiscales e incluso si hiciera falta al encargado de encender y apagar la luz, si lo hubiera o hubiese…

Agradezcan quienes marchan la oportunidad que tuvieron de ser gente de confianza de un hermano mayor –o de dos o tres- y tengan siempre presente que su gozo fue algún día dolor de quienes también perdieron ‘privilegios’ que creyeron propios. 

Recuerden que para disfrutar de esa responsabilidad que ahora se abandona –casi siempre por la puerta de atrás-  fue necesario en su momento que alguien se la ‘cediera’, y generalmente contra su voluntad.

Asuman todos y todas –capataces, vestidores, camareras, fiscales o diputados de lo que sea- que el último servicio que se puede prestar a una hermandad cuando a uno ya no le quieren es marcharse por la misma puerta por la que se entró cuando otro salía.

Es la siempre difícil gestión del último relevo, el más ingrato, el más amargo