Una lección de vida
Va camino de los 82 años. Como el poeta, confiesa que ha vivido, pero, sobre todo, siente, que es como decir que lo siente por los que venimos detrás. Ha conocido dos siglos, nació en plena posguerra, creció bajo una dictadura, sufrió la censura y el autoexilio, celebró la llegada de la democracia y en ningún momento ha perdido la inquietud por lo que sucede a su alrededor.
Tendrá batallas que contar, pero prefiere asomarse a los desafíos de este siglo que ya ha agotado su primer cuarto. Nos habla -y es una obviedad- de un mundo globalizado, dominado por las nuevas tecnologías, pero en el que echa en falta -como si hubiésemos dado pasos hacia atrás- más tolerancia y más libertad para todos, empezando por el que piensa distinto de él.
Lo admite, envejece en paz, pero no resignado. No le gusta este mundo que nos toca vivir en este preciso instante: hostil, contaminado, injusto, insolidario, ni el rumbo que lleva. Mucho menos que el genocidio cometido por el Estado de Israel contra la población palestina siga sin respuesta por parte de algunos de los gobiernos de los países más poderosos del planeta, y sin concitar una condena unánime. Un mundo en el que se aplazan las decisiones pese a que se conocen las causas de todo cuanto lleva a la discriminación, a la pobreza, a nuestra propia destrucción.
Un mundo del que también formamos parte como país. Un país al que, asimismo, e inevitablemente, aunque sólo sea como ciudadano, se siente obligado a asomarse. Parte de lo que ve le causa sonrojo: ¿Dónde quedó aquello de que todos los ciudadanos somos iguales ante el poder de la justicia? O, ¿cómo es posible que después de tantos casos de corrupción, de tanto chorizo, sigan sin devolvernos la cartera? Otra parte le hace rendirse al pesimismo. Habla entonces de los migrantes que se juegan la vida para llegar a nuestro país o a cualquier otro territorio europeo. Europa. El concepto de Europa. Creyó mucho en él, hasta que ha quedado reducido a un mercadillo donde se divaga lejos de la tragedia.
Pero insiste en no caer en la resignación, y de su bagaje personal incorpora dos citas para tener presente, primero, un concepto inviolable, el de Justicia, porque, como dijo San Agustín, “sin la justicia, ¿qué otra cosa es el Estado sino una gran banda de ladrones?”. Y segundo que, como dijo Antonio Gramsci, “frente al pesimismo de la inteligencia, hay que hacer valer el optimismo de la voluntad”.
Llámenlo lección de vida. Quien la ha compartido esta semana se llama Joan Manuel Serrat, y ha tenido el eco consecuente de quien es una figura cultural imprescindible de la historia reciente de nuestro país. Pero prueben a preguntar ahora a sus padres y a sus abuelos por esas mismas cuestiones. Sospecho que encontrarán respuestas que pueden ser muy coincidentes. Simplemente, porque obedecen a la percepción sensata de la realidad y a la aplicación del sentido común, todo eso que ahora mismo echamos de menos en la esfera política mundial, y, especialmente, en la nacional, donde no se da tregua a la confrontación, incluso bajo el riesgo de caer en la contradicción permanente a uno y otro lado, que es lo mismo que caer en el ridículo, ese lugar del que dicen es difícil volver una vez que lo has visitado, aunque aquí se hayan acostumbrado a sacarse el billete de ida y vuelta como quien va de promesa a Lourdes.
Ridícula ha sido también la revelación, como una entrega por fascículos, de las rebajas fiscales del Gobierno andaluz -enhorabuena para quien tenga mascotas y cultive su cuerpo en un gimnasio; el dentista sigue corriendo de nuestra cuenta-. Y no hablamos sólo del ridículo por sí mismo, sino de sus consecuencias, como ha ocurrido con las fallidas pulseras para maltratadores. Menos mal que ha salido Turull al rescate con lo de que “Andalucía ens roba” para demostrarnos que en esto de hacer el ridículo siempre hay alguien dispuesto a superarse.