Portadas de papel

La verdad, 87 años después

Mira a la cámara con gesto serio; incluso diría que sus ojos revelan cierta incomodidad, como si posara por primera vez para un retrato y siguiera con cierta resignación las indicaciones del fotógrafo. Se ha puesto su camisa y su chaqueta de domingo, lleva el rostro barbilampiño, la frente blanquecina, como si habituara a cubrirse la cabeza con gorra o sombrero, la raya del pelo hacia el lado derecho y ligeramente peinado hacia atrás, la boca ligeramente entreabierta, diría que también forzada, y arquea un poco la ceja derecha, casi involuntariamente, como si le ayudara a mantener el difícil equilibrio de todo el conjunto y subrayara un rasgo de su personalidad.

Está de pie, levemente girado hacia su izquierda y con el cuello hacia su derecha hasta encontrar el objetivo. La reproducción de la imagen está realizada en un sepia azulado y desconozco si fue su primera foto de estudio o si fue la última. Es, al menos, la única que se conserva, y ha llegado por primera vez a manos de su hija Juliana, que tiene ahora 87 años, y ha podido poner rostro a quien sólo formaba parte de su imaginación desde niña.   

Contada así puede parecer una bonita historia, pero está incompleta. Y tanto, ya que reescribe la historia de una vida entera, la de la propia Juliana, que creció pensando que su padre la había abandonado al nacer, cuando en realidad fue fusilado en la plaza de toros de Jerez en 1940. De hecho, ella no lleva el apellido de su padre, sino el de su madre, Garrote. El señor de gesto serio que la mira ahora a ella desde un trozo de papel difuminado por el paso del tiempo se llamaba José Atienza Corrales y también dejó un puñado de cartas en las que contaba cuánto la quería y su empeño por ayudar a cuidarla.

José Atienza era natural de Arcos y jornalero. Tras la Guerra Civil fue detenido por su compromiso político y sindical, y sometido a un consejo militar que lo sentenció a pena de muerte. Durante la contienda bélica tuvo que huir a la zona republicana, donde conoció a una miliciana, Guadalupe Garrote, con la que inició una relación extramatrimonial de la que nació Juliana en 1938, quien casi 88 años después ha conocido la verdad de los hechos de la mano del investigador arcense Antonio Ortega, como relataba esta semana nuestro compañero José Antonio Benítez: “El impacto en Juliana ha sido tremendo, con contrastes entre la emoción y el enfado al descubrir la verdad, después de una infancia marcada por la ausencia de su padre y la represión”.

Sin duda, es más fácil describir la fotografía de José que la tormenta desatada ahora en el corazón y entre los recuerdos de su hija, a la que no cuesta imaginar enfrentada al momento íntimo de esa primera vez, 87 años después, descubriendo el rostro real de su padre y, tal vez, poco a poco, identificando rasgos compartidos, o siguiendo el trazo de su escritura en las cartas en las que intentaba darse a entender o dejar testimonio de la encrucijada vital de aquellos momentos terribles y de las derrotas acumuladas.

No sé cómo se lidia con eso, ni cómo estará lidiando con eso, pero encontrar esa foto envejecida, tan parecida a los retratos de aire antiguo que guardaban nuestras abuelas de sus padres en un antiguo marco o en el cajón de una cómoda, como la única forma posible desde la que mantener presente su recuerdo, incluso con la misma pose forzada de José, ha sido como conquistar un trozo de verdad, como abrirse paso a través de las historias reales que nos conectan a unos con otros e impiden que perdamos la esperanza, ahora que está tan de moda confundir ficción con realidad y hasta se dan por auténticos fragmentos de la Biblia que han sido alterados o inventados para una película.