La sospecha como sentencia: cuando el silencio condena
“Tras la revisión de la documentación presentada, se comunica que la candidatura de Dña. María Zarzuela Alarcón no ha sido considerada apta, al no ajustarse a lo establecido en la Normativa Diocesana”. Con esta frase despachó el pasado viernes el Obispado de Asidonia-Jerez la candidatura de María Zarzuela a la presidencia del Consejo Local de la Unión de Hermandades, sin ofrecer ningún tipo de explicación adicional.
A partir de ahí surgen dudas de todo tipo. ¿Quién no es apta? ¿La candidata a la presidencia o alguna de las personas que la acompañaban en ese proyecto? Si la candidata no es apta por el motivo que sea, ¿no hubiera sido quizá más sensato invitarla meses atrás a no continuar adelante con su aventura? Y si el problema está en alguno de los miembros de su candidatura, ¿no hubiera sido posible apartar exclusivamente a esas personas?
No es la primera vez que el Obispado pone en entredicho a quienes deciden complicarse la vida trabajando de manera desinteresada por las hermandades y cofradías. Y es que a nadie escapa que, ante la ausencia de argumentos, la opinión pública es libre de imaginar cualquier cosa, algo que evidentemente causará un perjuicio moral no solo a la persona que ha encabezado este proyecto, sino también a la treintena de miembros que se sumaron al mismo y que han sido acusados de todo y de nada al mismo tiempo.
En Bertemati no podrán alegar desconocimiento de las consecuencias que tienen determinadas decisiones que, aunque puedan estar fundamentadas, deberían adoptarse con bastante más cautela y prudencia. Existen precedentes de resoluciones corregidas apenas unos meses después, pero cuando el daño moral e institucional ya estaba hecho. Por tanto, el caso de María Zarzuela no es el primero, ni el único, ni algo exclusivo. Y ese puede ser el principal problema ante el que nos encontramos: que se sigue actuando de un modo que ya se sabe contraproducente y que no conduce a ninguna parte.
Nada hacía presagiar esta vez que el proceso electoral derivase en un enfrentamiento entre candidaturas. Más bien al contrario: los hasta ahora tres aspirantes a la presidencia del Consejo habían mostrado una actitud bastante conciliadora. El “lío” -parafraseando a Juanma Moreno- no ha llegado desde fuera de Bertemati, sino desde el propio palacio episcopal, que ha encendido un fuego donde no había leña.
Más tarde o más temprano llegará alguna explicación y entonces podremos entender, e incluso compartir, los motivos que han llevado a considerar “no apta” a una de las candidaturas. Pero, para cuando lleguen esas aclaraciones, una mujer con nombre y apellidos y otras treinta personas que la acompañaban habrán quedado ya bajo la sombra de la sospecha. Sin necesidad.