¿Y si lo de Sandra hubiese ocurrido en una cofradía?
Sandra tenía 14 años. Era víctima de acoso en el colegio de las Irlandesas de Loreto, en Sevilla, y, ante la pasividad del centro, entendió que el único modo de solucionar su problema era quitándose la vida.
El colegio sabía que la joven no lo estaba pasando bien: su madre ya lo había advertido en dos ocasiones. Pero no se activó ningún protocolo, quizá para mantener el buen nombre de la institución y bajo los pretextos de siempre: “la gente se queja por nada…”, “esa niña siempre ha sido un poco rarita…”, “son cosas de niños…” o “qué pesada es la madre…”.
Sandra era bética y jugaba al fútbol. Pero también podría haberse criado en una cofradía y pertenecer a su grupo joven, un contexto que no está a salvo de episodios traumáticos para menores carentes aún de la madurez necesaria para sortear determinados obstáculos.
El colegio no hizo nada para evitar el fatal desenlace. ¿Lo haría una junta de gobierno si supiera que alguno de sus jóvenes hermanos se siente incómodo en su propia casa? ¿O se repetiría el discurso de siempre para preservar el buen nombre de la institución? Ya saben: “son cosas de niños…”, “a esto no hay que darle importancia…”.
Esta Iglesia nuestra, capaz de humillar públicamente a hermanos mayores o presidentes por un papel, una firma o un sello, ¿cortaría por lo sano o se limitaría a preguntar a los padres si el origen del problema hay que buscarlo de cintura para arriba o de cintura para abajo?
¿Qué habría pasado si el caso de Sandra hubiese ocurrido en una cofradía? Pues quizá que en lugar de un minuto de silencio en el patio, la próxima Semana Santa veríamos un crespón negro en un varal y el capataz dedicaría una levantá a la niña mientras alguien, muy compungido, haría entrega de un ramito de flores a la 'pesada' de su madre...
Descanse en paz.