Portadas de papel

El ruido mediático de un caso ¿único?

El universo encendido por la magdalena de Proust cabe igualmente en un bollo de Semana Santa. Si Proust hubiese nacido en mi pueblo en vez de en París habría elegido el bollo. Acabo de comerme uno. Los hace mi madre, siguiendo la receta tradicional heredada de mi abuela. El sabor permanece intacto y desata ese mismo universo que empuja al narrador de En busca del tiempo perdido a los años de su infancia, cuando todo empieza a cobrar significado y se forja la mirada iniciática en torno al mundo que te rodea, cuando cada estación se convierte en un viaje de reconocimiento a territorios inexplorados.

Ese bollo sabe como entonces, huele como entonces y se desatan las primeras mañanas de Domingo de Ramos “como brotes de olivo”, salpicados por el agua bendita y entregados a la narración de La Pasión, cada uno recreando su propio péplum mentalmente, redimensionando el dramatismo de frases definitivas -“Eloi, Eloi, lama sabactani”- y asistiendo a la eterna traición de Pedro antes de que cante el gallo por tercera vez.

Después, los preparativos del paso de mi hermandad, antes del reencuentro con La Borriquita y con la noche, convertida en misterio punzante por entre las calles estrechas iluminadas por los cirios que preceden al Señor prendido. Podría seguir avanzando por todo el ritual visual y sonoro que durante una semana va forjando emociones, vínculos y veneraciones, todo ese torbellino que ahora reactiva la memoria al dictado de un bocado antiguo, aunque lo importante en este momento no es sólo el recuerdo, sino las respuestas que esperamos encontrar a nuestras dudas cuando nos ponemos ante los ojos de nuestro Cristo y de su Madre.  

Vivimos un momento en el que las plegarias hacen cola en el interior de cada templo. Cuando no es una guerra es un desastre natural, cuando no es un dictamen médico es la vecina maltratada, el hijo o la hija que ha tenido que emigrar, el mundo bajo la amenaza de dictadores, ayatolás e iluminados..., pero, frente a las certezas de los miedos imperantes, persiste el hierro candente de la duda, pese a que siempre encontremos a quienes, desde la polarización, nos exijan tomar partido por un lado o el otro de manera incuestionable. 

Me refiero al caso de Noelia Castillo. Hay quienes hablan de “ejecución”, de “crimen de Estado”; otros elogian el procedimiento garantista que ampara la ley de la eutanasia, pero lo que tanto unos como otros parecen plantearnos es que pasemos por alto el dolor y la pena enorme que provocan el hecho de que una joven de 25 años haya llegado a la determinación de pedir que pongan fin a su vida o, como alguien ha titulado, que, al menos, le den la ocasión de tener una “muerte digna”, después de una existencia en la que sólo ha conocido el sufrimiento y el dolor.

Ni soy mejor o peor cristiano en función de si condeno o acato los hechos, ni tampoco peor o mejor ciudadano ante idénticas circunstancias. Entiendo y defiendo que hay que aceptar la libertad individual y la autonomía personal, pero del mismo modo lamento que Noelia no haya encontrado a su alrededor durante años el aliento necesario para seguir viviendo.

Sabemos que su decisión estaba apoyada por un dictamen médico, judicial y bioético, pero, los que han dedicado tanto esfuerzo por paralizar en los juzgados su petición, ¿han aprovechado todo ese tiempo para contribuir -si otros no lo hicieron- a que su vida fuese mejor o a que encontrara motivos de esperanza en una vida mejor? Al menos ellos conocían su caso. Los demás lo hemos hecho ahora -ahí está el gesto público de James Rhodes-.  

Noelia no es la única joven que ha solicitado la aplicación de la ley de eutanasia. Antes que ella ya lo hicieron dos personas más, de 22 y 23 años cada una. La única diferencia es la del “ruido mediático”, y genera más dudas aún: ¿hemos abierto un debate necesario, hemos expuesto una realidad desconocida o hemos confundido el interés general con la audiencia? El único detalle relevante al respecto es que pensábamos que la ley de eutanasia sólo era para ancianos en fases avanzadas de alguna enfermedad, y no es así. Ahora sólo nos queda esperar que el de Noelia se mantenga como “caso único”.