Una profesión de riesgo real
Puedo estar equivocado, y ojalá no en estas circustancias, pero desde que surgió la primera noticia sobre el contagio de hantavirus en el crucero procedente de Ushuaia tuve más presente el caso de ébola registrado en nuestro país en 2014 que el de la pandemia por covid. El despliegue informativo realizado en torno a la evacuación de los pasajeros y la reaparición de Fernando Simón han contribuido a alimentar una alarma social que todos deberíamos dar por desactivada ante el escrupuloso dispositivo de profesionales que controlan la situación. Pese a lo cual, ¿quién va a renunciar a perder audiencia cuando está en juego uno de sus elementos esenciales? El miedo, por supuesto.
Ocurre todo lo contrario con el caso de los dos guardias civiles fallecidos el pasado viernes en aguas de Huelva en acto de servicio cuando perseguían a una narcolancha. Es imposible desvincular su muerte de la de los dos agentes asesinados en febrero de 2024 frente al puerto de Barbate.
Es cierto, en el caso de Huelva fue como consecuencia de un accidente entre las dos embarcaciones de la Benemérita, no del ataque sanguinario y premeditado de los narcos, pero las circunstancias que rodeaban ambos operativos eran muy parecidas -las fuerzas del orden haciendo frente a peligrosos delincuentes- y el resultado sitúa de nuevo en perjuicio a los primeros.
Las emociones obligan a escribir con trazo grueso; entre otros motivos porque, como está demostrado, ha vuelto a suceder. No sólo eso. Hay quienes están empeñados en animar y jalear esas emociones desde posicionamientos políticos que, en el caso actual de Andalucía, lo son también electoralistas. Por eso mismo, hagamos de abogado del diablo, de aquéllos a quienes responsabilizamos de tener que lamentar de nuevo la muerte de guardias civiles en el ejercicio de su deber.
Pongamos que hablo de Fernando Grande Marlaska. Asegura que lo ocurrido no se debe a una “falta de medios” y ha calificado el suceso estrictamente como un “trágico accidente”. Argumenta en su favor que desde 2018 “se han destinado más medios que nunca a la lucha contra el narcotráfico en Andalucía”, y pone como ejemplo que una de las patrulleras implicadas en el “accidente” es la Río Antas, de las más modernas del cuerpo, así como el incremento de un 20% del número de agentes en la zona.
Expresado así, lo único que cabe rebatirle es que todos esos medios parecen insuficientes, a la luz de las manifestaciones de los representantes de los agentes en el cuerpo, pese a lo cual son posicionamientos tan defendibles como contrapuestos. Y sin embargo, hay otro argumento en juego y a la vez indefendible para el ministro, el de la profesión de riesgo.
Dos años y tres meses después del doble asesinato en Barbate, de las imágenes de los narcos operando con armas de combate, de la ampliación de las redes de introducción de la droga por las costas andaluzas y hasta por el Guadalquivir y el Guadalete, del incremento de las persecuciones, del auge del petaqueo... policías y guardias civiles siguen sin tener reconocido el ejercicio de una profesión de riesgo. Peor aún, tienen reconocido el riesgo, pero no el estatus.
De momento, el único avance realizado data del pasado 29 de abril, cuando el Ministerio del Interior anunció la creación de una mesa técnica para estudiar la aplicación de coeficientes reductores a la jubilación de policías y guardias civiles, interpretado como un paso previo a este reconocimiento legal.
Un paso, pero insuficiente, ya que los agentes aspiran a que se les reconozcan mejores coberturas y compensaciones económicas ante fallecimiento o incapacidad en acto de servicio, un plus de peligrosidad, e incentivos para que los agentes con experiencia no soliciten traslados en las zonas más peligrosas. Todo eso está por andar, ya digo, 27 meses después de aquella noche de invierno en la que se nos heló el corazón cuando vimos asesinar a los dos guardias civiles en Barbate.
Y no, profesión de riesgo no es asumir un cargo y eludir la asistencia a un funeral para que no se cisquen en tus antepasados o te pongan la cara colorada, profesión de riesgo es lo que hacen estos señores y señoras que visten de uniforme y hacen frente a algunos de los sujetos más violentos y peligrosos de nuestro país. Como para no reconocérselo. Ya van tarde, otra vez.