Menos burocracia y más empatía
Vivimos en un país instalado en la polémica interesada, en eso de que según quien hable sube el pan, con la peculiaridad de que, al final, lo importante no es la polémica en sí, sino quienes la alimentan, quienes viven de polemizar, que, según el papel que les corresponde en el gallinero mediático, practican más la censura que la argumentación.
Una de esas polémicas, engordadas después en las tertulias y redes sociales con la habilidad del que huele la sangre a cientos de kilómetros como si fuera un tiburón, la ha generado un desafortunado comentario de Rosa Belmonte sobre una tertuliana a la que no tengo el gusto de conocer: Sarah Santaolalla.
No voy a entrar en la polémica, pero sí estoy de acuerdo con algo que ha escrito Jorge Bustos sobre Belmonte: “me interesa su manía de hablar como si viviera en un país libre”, y que lo haga en mitad de un pulso entre cadenas de televisión en el que el “debate no va tanto de cuerpos como de mentes, y de cómo los primeros están ocupando tristemente el lugar de las segundas”.
Me decía hace unos días Pedro Pacheco que el problema de los nuevos dirigentes políticos -y creo que puede ampliarse a quienes viven de opinar con cargo a la política- es que no leen. Y cuando decía “no leen”, entiendo que su conclusión lo abarca todo, empezando por la formación humanística, por el desconocimiento de la historia reciente y por el de algunos clásicos imprescindibles de la literatura -les da igual que uno de ellos sea El Quijote; siempre tendrán a mano un asesor que les busque la cita-.
No puede decirse lo mismo de Felipe González, autor de la otra polémica de la semana. En realidad, no puede decirse lo mismo de quienes han ejercido la política dentro de su rango generacional -de los que ya han alcanzado las seis décadas en adelante-, que no admiten la comparación con muchos -no todos, afortunadamente- de cuantos les han sucedido.
Y Felipe se ha convertido en uno de esos personajes a los que se culpa de la subida del pan, no tanto porque sea falso lo que diga, sino porque beneficia a la derecha; o lo que es lo mismo, por decir certezas. A los suyos, a los de su equipo, no les ofende que diga la verdad, sino que esa verdad beneficie al adversario, que es como si Mbappé le marcara un gol a Courtois; es más, eso es a lo que muchos han reducido la política hoy en día, a un ámbito de “hooliganismo” en el que los colores están por encima de la defensa de un ideario o de una trayectoria.
No soy socio de ninguno de esos clubes y entiendo el fastidio de quienes ocupan puestos de responsabilidad en el Gobierno al escuchar a González, pero es que todavía queda gente a la que le gusta hablar “como si viviera en un país libre”, sin miedo a que después lo linchen.
Todo esto es muy entretenido, porque además ayuda a fortalecer el sesgo de confirmación de la clá, pero hay situaciones en las que no hay cabida para la polémica. Basta con poner los pies en el suelo y llenártelos de barro; ese barro aún chapoteante que en poco se convertirá en costra, en recuerdo de la herida que ha dejado la crecida del río en el bajo Guadalete, donde ahora solo quedan rostros desolados por los daños y las pérdidas.
Basta con mirar los campos de cultivo bajo el agua y que te inunde la fatiga de quienes han trabajado esa tierra pensando en un futuro que ahora no existe.
Basta con mirar a los ojos a los vecinos de Grazalema para comprobar hasta dónde llega la huella de este “exilio” momentáneo e incierto.
Hay que bajar y pisar esta tierra, meterse en los charcos, sentir el suelo temblar bajo los pies y dejarse encoger el corazón al lado de los que lo han sufrido. Es una petición directa para los que ahora deben aprobar con urgencia las ayudas necesarias para la reconstrucción. Más empatía y menos burocracia, que para perder el tiempo ya tenemos nuestras polémicas baldías.