Juan Cervilla, Muñoz Natera y la medalla a Carlota
En aquel Jerez de los años 70, de mediodías eternos, de conversaciones que se eternizaban, de negocios que se cerraban en las barras de los bares con un apretón de manos y un par de copas chocando, de noticias recogidas en las servilletas, coches aparcados en las aceras, incluso de algún caballo esperando, estaba la Cruz Blanca, la misma de ahora pero diferente, y el Bar Juanito, el mismo pero distinto y en la plaza de La Yerba y no en la Pescadería Vieja, como refugio diario de personas de la más variopinta condición.
Y en la esquina izquierda, según se entraba, del local que recordaba a la cerveza que se fabricaba en tierras cántabras, había una reunión de árbitros, periodistas, cofrades, vendedores de vinos y amigos en general entre los que se encontraba Juan Cervilla Ortiz, el hombre que junto a Justo Garzón compró por 325.000 pesetas el paso de misterio del Cachorro de Sevilla sobre el que procesiona el excepcional misterio del Señor de La Cena cada Lunes Santo.
Ya lo hacía el Lunes por aquellos años, después de haberlo hecho con anterioridad el Jueves y el Martes Santo. De ese rincón, donde Carlos el marisquero hacía su agosto particular con las bocas, salieron costaleros para el Señor de La Cena, surgieron hermanos nuevos, se coció la llegada de la Legión para abrir marcha delante de la Cruz de Guía, y hasta llegaron algunos saeteros de Lebrija que ponían su oración y su voz a la entrada de las Imágenes Titulares en la parroquial de San Marcos.
De todo aquello nacieron vínculos de amistad con Cervilla, Garzón, Natera, Navarro, Suárez... gente de La Cena que me llevaron a hacerme hermano e, incluso, a salir algún año vistiendo la túnica rojiblanca al igual que mis hijos e hijas. El tiempo pone y dispone y dispuso que uno de mis hijos, el pequeño, Ale, siguiese la senda y haya sido nazareno, costalero y ahora esté en el grupo de capataces y siendo hermano de número de los que preside, como hermano mayor, Manuel Muñoz Natera que ayer colgó la medalla como nueva hermana a mi nieta Carlota. De aquellos mediodías estas alegrías y es que cincuenta años no son nada cuando de hermandades y hermanos hablamos.