Jerez y su ‘Gran Teatro de las Maravillas’: rebujito, volantes y Hacienda
Jerez tiene un don especial para el escapismo. El azote del turismo, que deja a las ciudades despersonalizadas por completo, aún respeta a esta ciudad, que yo he elegido para vivir y que con cariño me ha adoptado, permitiéndole conservar el alma personal y pura y que tan bien actúa de escenógrafa con una facilidad pasmosa, soplando las candelas que calientan las zambombas y pintando enseguida los palcos de la Semana Santa para, y apenas se ha disipado el olor a incienso, estar clavando los postes del Real del González Hontoria. Vivimos en un gran decorado que se monta y se desmonta con una precisión quirúrgica, donde cada jerezano sabe perfectamente encarnar el personaje con ese disfraz de gala que toca ponerse según el calendario.
La ‘percha’ como religión
Si algo define define a esta ciudad, es esa elegancia heredada, casi genética. En Jerez no se va a la Feria; uno se presenta en la Feria. El saber estar y el saber vestir son aquí cuestiones de Estado. Presentarse en la Feria es asistir a un desfile de impecables trajes de flamenca que desafían las leyes de la física y el calor, y de señores con chaqueta o guayabera, que parecen haber nacido con el nudo de la corbata perfectamente ajustado o con los bullones de la seda en el pañuelo ya colocados en el bolsillo. En Jerez, el postureo bien entendido es un arte mayor, un arte amable, de los que da gusto mirar mientras se brinda, y se brinda siempre en copa para evitar la distorsión visual y táctil del plástico inoportuno.
La espada de Damocles sobre la caseta
Sin embargo, detrás de este decorado de bombillas y albero, se libra hoy una batalla menos glamurosa y a la vez tremendamente loable. Hablamos de ese altruismo de hermandad, de esos valientes que pasan la semana entre freidoras y jarras de rebujito, no por beneficio propio, sino para que su cofradía pueda seguir adelante, donde se cambian las corbatas y los mantoncillos por el dignísimo delantal. Ahora, sobre esos responsables que dan su nombre y su firma por amor al arte (y a su Virgen o su Cristo), pende una espada de Damocles con forma de inspección de Hacienda. Resulta casi irónico que, en el reino de la alegría, el fisco quiera hurgar en las cuentas de quienes, con la transparencia del desinterés y gratuidad, regentan casetas que son, en esencia, pulmones de caridad y convivencia.
El laberinto de las reservas: ¿Feria o gestión de activos? Lo más hermoso de nuestra Feria de Jerez es su carácter abierto y acogedor. Aquí todas las casetas son de todos... o eso dice la teoría. Porque la nueva moda de las reservas de mesa está convirtiendo la espontaneidad jerezana en una partida de ajedrez de alto riesgo.
El estrés: Ahora, para comerse un plato de pimientos fritos con los amigos, hay que convocar un gabinete de crisis un mes antes.
La fianza: En algunos casos, se exige fianza previa, como si, en lugar de ir a pedir una ración de adobo, estuviéramos alquilando una quincena en Valdelagrana.
La programación: Ese encanto de “ir de caseta en caseta” se está perdiendo bajo el yugo del reloj. ¿A qué hora hemos reservado? ¿Llegamos tarde? ¿Nos guardarán el sitio?
Es una pena que, en la ciudad del “quédate a otra copita”, ahora tengamos que mirar el cronómetro para no perder el derecho a una silla. Aun así, con reservas, con Hacienda al acecho y con el decorado recién pintado, Jerez sigue siendo ese lugar donde, por una semana, la vida parece un verso de Manuel Alejandro: excesiva, elegante y maravillosamente efímera.