Jerez 2046
Hay quien ha concluido que una de las cosas que hacen tan fascinante un partido de fútbol, más allá de los colores y las pasiones heredadas, es su capacidad para ejercer de metáfora de la vida en 90 minutos. Sobre un terreno de juego cobran forma y sentido los vínculos, las alegrías, las tristezas, las injusticias, los sueños, el honor, el arrebato, el amor, el odio, la historia, la traición, la valentía, la genialidad, la bajeza, la venganza, la gloria, la memoria, la belleza, el sufrimiento, el gozo, la suerte y la mala suerte, el afán de cada día.
Todo eso alimenta su grandeza, aunque el negocio en torno al fútbol haya prostituido muchos de los valores que hicieron de él el “deporte rey”. Como dice mi admirado Ángel Revaliente, “en este deporte lo único honesto que queda es el balón y lo tratan a patadas”.
Este deporte da sentido a las vidas de miles de personas en todo el mundo. Es cierto que, en ocasiones, resulta hermoso, pero porque ejerce como réplica de ésta y otras muchas emociones, y porque replica la vida misma; no hay más. Quien quiera aprender algo del deporte y reconocer su pureza debe hacerlo en unas olimpiadas, donde se da una de las enseñanzas fundamentales en el ámbito competitivo: por muy preparado que te sientas, siempre puedes encontrar a alguien mejor que tú.
La ciudad de Jerez viene de vivir la emoción intensa de un partido de fútbol en la cumbre, pero también de aprender la lección olímpica sumarísima. Durante varios años ha ido dando forma a un equipo que ha ido creciendo desde la base hasta codearse con otros grandes conjuntos del país para ganarse un lugar de preferencia en Europa. Lo ha hecho, además, bajo la bandera de la cultura, seña de identidad diferenciadora, y procurando un relato que hunde sus raíces en siglos de historia, de costumbres integradoras y de expresiones singulares.
Por proseguir con el símil, se ha quedado en semifinales de la Champions, con prórroga y penaltis incluidos, si me lo permiten, por la emoción con que se vivieron los momentos previos al pitido final, en los que se concentraron todas las sensaciones que cobran vida sobre un campo de fútbol: el sueño, la valentía, el sufrimiento, la esperanza y, más aún, el vínculo con la propia ciudad, por la propia ciudad, aspirante como nunca antes a algo muy grande.
Finalmente brotaron la tristeza, la pena, la decepción, también la injusticia -ojo al “lamentable” y “ridículo” papel de Luis García Montero ante el comité de expertos en favor de Granada-, y el valor de lo aprendido, ya sea por una ilusión excesiva o por la falta de cálculo ante la obstinada realidad de que siempre hay alguien que lo puede hacer mejor que tú.
Pero, como decía la alcaldesa, María José García-Pelayo, “tampoco hay que flagelarse”. De hecho, sobresalen dos cuestiones que merecen sostenerse en el tiempo. La primera, que el proyecto de Jerez 2031 formaba parte del traspaso de poderes entre gobiernos de distinto signo: lo inició el PSOE, pero lo ha llevado hasta su fase final el PP: hasta donde se sabe no ha habido reacciones alérgicas ni efectos secundarios, aunque cuando baje la marea emocional el actual Gobierno tendrá que hacer frente a las críticas en torno a algunas decisiones de índole presupuestario tomadas por el camino.
Y segundo, que ha servido para marcar una estrategia en el desarrollo de iniciativas culturales que no tienen por qué quedarse ahora sobre el papel, sino a las que hay que contribuir de cara al florecimiento de una nueva industria cultural en la ciudad, por mucho que no lo hagan bajo la etiqueta de capital europea de la cultura.
Que eso sea así -tal y como defendían, antes incluso del dictamen, miembros del comité director de la candidatura- incidirá igualmente en la posibilidad de que dentro de 15 años, le toque a quien le toque organizarlo y vivirlo, haya de nuevo una ciudad pendiente de otra semifinal con mayores opciones de éxito y bajo la marca Jerez 2046. Y, por cierto, enhorabuena a Granada.