El Festival de Jerez, treinta años de múltiples visiones
Desde que Manuela Carpio salió a escena en el Teatro Villamarta el pasado viernes, 20 de febrero, el XXX Festival de Jerez comenzaba verdaderamente a caminar. Antes, todo eran proyectos, deseos, ganas, también dificultades, ilusiones, creaciones en el papel… pero hasta que el telón no se sube, no hay realidad. La Carpio llegó con su gente para refrendar un mensaje de autenticidad sin complejos, siempre fiel a su esencia de bailaora que ama el cante y por eso se rodeó de nombres tan imponentes como los de Macanita, Barullo, Tolo, Angelita Montoya, José y Anabel Valencia, entre otros habituales. Manuela es Jerez y sus brazos fueron los encargados de gritar al mundo que aquí se baila con compás y desparpajo, a la par que se duele en la soleá o en la seguiriya.
Su aportación se posiciona en el extremo menos conceptual en comparación con otras obras que llevan al espectador a trances oníricos, espirituales o, en algún caso, a soñar literalmente. Sí, hay propuestas que se hacen largas y difíciles de digerir pero esa es una de las claves de un Festival como el de Jerez que se presenta abierto y acogedor, mirando por los nombres propios o el trabajo de compañías que exponen sus ideas aportando nuevas corrientes creativas cara a las nuevas generaciones.
El espectador ha afrontado experiencias de todo tipo, siempre que hayan acudido de forma habitual al Villamarta o a otros espacios como Centro Social Blas Infante (siempre vestido de alguna que otra polémica por alejarse del centro urbano), Museos de la Atalaya (muy acertado por comodidad y visibilidad para los espectadores), Sala Compañía o Palacio de Villavicencio (ambos clásicos). También las peñas son centro neurálgico del certamen con un ciclo que sigue siendo el más valorado por el que viene de fuera. ¡Ven un espectáculo gratis, con una copa de vino en la mano, y hasta se forma la fiesta después del recital de forma improvisada!
En cuanto a los nombres más sonados de esta edición, destacar a Estévez/Paños y Compañía con Doncellas (Juerga Permanente), en una nueva muestra de equilibrio entre el mejor baile y la más profunda significación de la obra. Mantienen un sentido constante basado en una investigación previa en la que pivotar el mensaje, en este caso, el maestro de la guitarra Ramón Montoya. Encarando la última etapa aparecieron María Moreno, con Magnificat, y José Maya, con Color sin nombre. Ambos han estructurado espacios únicos en la escena con extraordinarios elementos lumínicos que dan sentido al espacio, visto como un todo tal como el propio mensaje. La calidad interpretativa sobresale en cada uno de ellos, María envolviendo su ritmo en las fiestas populares con componentes instrumentales y teatrales altamente jugosos así como un inigualable manejo del mantón, y José hace lo propio dejándose llevar por las sensaciones que le inspiran la obra del pintor Mark Rothko. Es infalible, como sus pies y sus brazos, como su cante y su poderío.
En más de dos semanas de celebración son numerosos los detalles que se deberían comentar, pero es prácticamente imposible no dejarse nada atrás (Belén López, David Coria, Jesús Carmona, el Ballet Flamenco de Andalucía, el cierre de La Lupi, etc). Mercedes Ruiz se llevó la ovación del respetable que abarrotó el Villamarta para la Gala XXX Aniversario. Mercedes tiene un gusto especial en todo, cada decisión está meditada. A parte de su baile, que para mí es de lo más preciado del momento, piensa y gestiona como pocas el relato y los que integran el mismo. Desde la música a las maestras homenajeadas: Angelita Gómez, Ana María López y Chiqui de Jerez. Estampa histórica. Leonor Leal y Salomé Ramírez ha sido dos perfiles sobresalientes de esta edición tanto por el espectáculo de Mercedes, con su espacio oportuno en el mismo, así como en solitario. Leonor, David Lagos y Manuel Valencia impactan en Martinicos le di a mi cuerpo, un proyecto con futuro y expectativas desde su alumbramiento. Salomé ha llegado para quedarse, su Palo Cortao ha dado de sí y ha sido aprovechado para señalar su nombre con una tiza sobre una bota de vino VORS. Su baile es tan contemporáneo como clásico, tan flamenco como universal, tan trágico como fresco. Salomé es Jerez en cada movimiento, en cada pellizco, en cada desplante. Salomé ha aparecido como una revelación generacional necesaria.
Santiago Lara con su toque de inabarcable conocimiento, el cante de extrema belleza de Lela Soto, y la gran saga Sordera, Arcángel con su precoz maestría, Ezequiel presentando Lo que nadie ve con un aplauso interminable, Mayte Martín en su histórico SOS entre lágrimas, Yerai Cortés como la guitarra más traviesa del momento… se han adueñado de los Museos de la Atalaya. En otros espacios, Beatriz Morales y Agujetas Chico se fundieron en un apasionado abrazo que a todos nos llevó a la lágrima, al igual que Oruco que fue generoso dándole especial presencia a Carmen Ledesma, Torombo, La Negra o Rocío Molina. En esa sala dio un paso al frente Carmen Herrera, segura y firme, flamenca y empoderada, crecida ante la adversidad; y saboreamos las mieles del ayer más presente con Concha Vargas e Inés Bacán.
Villavicencio ha vuelto a apostar por el cante intimista de Alba Bazán y Miguel Lavi, el segundo rotundo en su aparición; y en Sala Compañía el Farru, José Gálvez, y Rafael de Utrera matizaron la experiencia ya adquirida y José El Berenjeno junto a Manuel Heredia nos dieron a conocer Lealtad, un disco comprometido y bien trabajado. Irene Olivares llevó su sueño hasta la Compañía después de ganar el Revelación de las peñas el pasado año. La Gotera de la Azotea ha sido el lugar para el piano, primero con la intrépida Miriam Méndez y luego con el introvertido pero mágico Antón Cortés. Peñas, exposiciones, proyecciones audiovisuales, conversatorios, conferencias, espacios como La Guarida del Ángel que ha vivido seguramente su mejor edición en cuanto a público y que ya tiene su propia personalidad, tabancos o cualquier calle. El Festival tiene aspectos que mejorar, nunca será perfecto, tampoco se puede relajar nunca porque el arte está vivo y los públicos cambian, requieren atención y estar atento a cualquier necesidad, pero sin duda ha sido un gran Festival con múltiples posibilidades y visiones, que esa es la grandeza de esto, y si no, salgan a la calle y vívanlo en la edición treinta y uno.