Portadas de papel

La feliz tortura de los peinecillos de carey

No me cabe la menor duda de que la paciencia, para muchas, la empezamos a entrenar al mismo tiempo que nuestras madres comenzaron a hacernos aquellos tirantísimos moños para vestirnos de gitana. Laca, cepillo, más laca. No te muevas, intenta no mirarte. No me sale. Espera, vuelta a empezar.

Aquello no había cabeza que lo aguantase. El culmen de la resiliencia antes de ir a la Feria y, de paso, ganarnos los cacharritos, llegaba en el momento en el que, cual estoque, te clavaban las horquillas y aquellos peinecillos de carey. Y a ti solo te quedaba agachar la cabeza y esperar, ajena al dolor, los últimos retoques.

Era la época de las mangas de farol, de los trajes almidonados y del exceso de tiras ‘bordás’.

Unas gloriosas mortificaciones capilares a las que nos sometían que, tras el pequeño rabillo y el dichoso lunar pintado en la cara, que siempre se desdibujaba, tenían como resultado la foto antes de salir, sacada con la Pentax de tu padre. ¡Hala! Ya estabas preparada para pisar el albero.

Los primeros taconeos, con aquellos taconcitos incomodísimos de lunares: jugar en la caseta mientras, insistentemente y con los ojos, les pedías a los mayores que se dieran prisa para poder pisar los coches de choque, entretenerte mordiendo los collares de bolitas, todo sin que se moviera ni una horquilla de tu lacado pelo.

Llegaba el momento de los niños y, como dice la sevillana, “qué poquito dura la noche cuando es verdad”. En un abrir y cerrar de ojos, ya te habías montado en los tres o cuatro cacharritos pertinentes, habías pescado patitos y te habías manchado con la manzana de caramelo.

Después de quedarte medio dormida mientras esperabas que tus padres te diesen ese pinchito del Pozo de la Víbora, te decían que el día estaba acabando. Y con la misma fuerza con la que te habían puesto ese peinecillo de carey, te aferrabas a la barandilla de la caseta, porque de aquel paraíso efímero ya no te querías ir.

Llegabas a casa, ‘arrengaíta perdía’, y tu madre te ayudaba a quitarte el traje, a limpiarte la cara y a afrontar la ardua tarea de desenredar, sin tirarte demasiado, los moñitos, lacitos y demás florituras. Dormías felicísima, soñando con lo que habías vivido. Ahora veo esas flores ya descoloridas, los peinecillos con algún que otro diente roto, pero que aún guardo, y pienso: no podíamos haber tenido mejor herencia.