Cuñadismo político
Schopenhauer consideraba el insulto un recurso “vulgar” que había que evitar a toda costa en mitad de un discurso, debate o conversación, y sólo lo justificaba cuando se sustentaba en el uso del humor, el ingenio y la inteligencia. En su obra El arte de insultar, que no llegó a ver publicada en vida, arremetía contra los que optan por el insulto zafio: “Como cualquiera puede ponerlo en práctica, se usa con gran frecuencia”. Llegó a definirlo como una “calumnia abreviada”, pero sobre todo lamentó el hecho de que “una grosería venza todo argumento y eclipse cualquier intelecto”.
Arturo Pérez Reverte publicaba recientemente un artículo en el que recordaba que “España fue siempre un lugar de insultadores ingeniosos, aunque ya no lo parezca. Se insultaba de puta madre”, relataba con la mirada puesta en grandes autores de nuestro Siglo de Oro. “Hoy, en cambio, se insulta mucho y cutre. Hemos perdido el oficio pero no las ganas”. En su opinión, “estamos en la fase idiota del proceso: el insulto sin responsabilidad”, y concluía que “el improperio que triunfa no es el que requiere talento para construirlo, sino el fácil de compartir”.
Son, éstos, malos tiempos para Schopenhauer. Sus consejos cotizan a la baja; al menos en nuestro país, empezando por el Congreso de los Diputados, que algunas señorías han confundido, siempre con muy dudoso acierto, con el escenario de El club de la comedia -a ver quién cuela la mejor ocurrencia en el telediario de las tres-, dentro de una progresiva contribución en favor de la degeneración de la oratoria, que tiene en el insulto uno de sus principales ingredientes.
Esa degeneración se ha trasladado ya a la calle, a las ruedas de prensa, a las comparecencias públicas, a los reels en redes sociales y a los actos electorales, hasta incurrir en una especie de cuñadismo político, como si el lenguaje que la sociedad demandara de sus representantes en las instituciones tuviera que rebajarse al de la barra de un bar o al de las copas en un encuentro familiar.
Este pasado viernes, en un acto de precampaña para las andaluzas, el líder nacional de una formación política se refirió a Pedro Sánchez y a Fernando Grande Marlaska como “el mierda del presidente y la rata del ministro del Interior”. Alusiones a las que respondió la grada a voz en grito, coreando en varias ocasiones, como una consigna: “Pedro Sánchez, hijo de...”. Y no pasa nada. Como escribe Pérez Reverte: “el insulto sin responsabilidad y sin talento para construirlo, sino fácil de compartir”.
Quien pronunció esas palabras, es cierto, las contextualizó dentro del hartazgo de que vaya donde vaya encuentre a alguien dispuesto a reventarle el acto, a insultarle, a lanzarle pintura, objetos... -qué extraña manera de defender la democracia: intentar amordazar a quien no piensa como tú, por muy terrible que te parezca lo que piense-. Harto también de que no vea una respuesta proporcional por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado a la hora de protegerle... pero eso no justifica esta necesidad del insulto, que te congracia con los tuyos y los envalentona, pero que a los ojos de los demás no deja de ser un atajo a esa degradación de la política que tanto se viene practicando en España desde hace cierto tiempo, desde diferentes foros y, prácticamente, desde diferentes parcelas de todo el abánico ideológico.
No será por falta de argumentos, tanto para arremeter contra el gobierno de Sánchez y sus aliados, como contra el trampantojo semántico de la “prioridad nacional”, pero se ve que todo se explica más fácil con un meme o con un exabrupto. Palabra de cuñado.