Las campañas ya no son lo que eran
De una campaña electoral sabemos cuándo y cómo empieza y cuándo acaba, pero no cómo acaba. Parece una tarascada lingüística, pero es la consecuencia inevitable de la evolución del modelo original. Hoy día las campañas se parecen más al guion de una serie de televisión que al concepto viajero-mitinero-propagandístico al que nos habíamos acostumbrado durante cuatro décadas. Cabría incluso decir que los partidos políticos han cambiado los asesores por showrunners. Son ellos los que hacen su propia planificación de lo que hay que visitar y decir cada día, y los que permanecen atentos al giro o vuelta de tuerca que deben operar los discursos en función de lo que digan las encuestas o planteen los adversarios.
Antonio Sanz recordaba este viernes en la entrevista con Ana Huguet en 7 TV que acumula casi veinte campañas a sus espaldas desde su primera experiencia en 1983, y que hasta echa de menos esos años en los que se iba pueblo por pueblo pegando carteles y repartiendo el programa casa por casa. Ese formato, que definió como “más humano”, se ha vuelto obsoleto, ni seduce ni vende, y no sólo ha evolucionado, sino que se retroalimenta ahora de la inteligencia artificial, incorporada por los equipos de cada partido al análisis del día a día y a sus opciones para situar sus mensajes por encima de los demás, o rebatir los de los demás, apoyados en las redes sociales.
Ya nada es como lo fue antes. Ni siquiera la rivalidad entre PP y PSOE juega un papel protagonista, relegada a un segundo plano, como si lo que disputaran fuese un amistoso, a tenor de la diferencia que marcan las encuestas entre unos y otros. El equipo de Montero se lo ha jugado todo a la cuestión sanitaria, enriquecida con constantes guiños a ese pasado que “fue mejor” -Chaves y Zapatero, incluidos-, pero ha sido como si le hubiesen cambiando el guion antes de salir a escena, porque de lo que se habla es del debate que se ha instalado en este arranque de campaña con afán decisorio: si el PP reeditará su mayoría absoluta o si tendrá que claudicar ante Vox, dando ambos por hecha la victoria del voto conservador y de derechas en Andalucía.
Hay desde la izquierda, por supuesto, apelaciones a la épica, al componente emocional, al sentido de clase, a las remontadas que parecían imposibles..., y puede que entusiasme en plena tormenta de ideas a la hora de reescribir el argumentario, pero no forma parte de las conversaciones de a diario, donde ni están ni se las espera, rendidas a este punto de partida que ha forzado Vox de manera estratégica de la mano de su “prioridad nacional”, con la intención de condicionar y desestabilizar al PP.
Dentro de este cálculo constante de probabilidades, cuenta El Mundo que la cúpula popular ha pedido a Ayuso que modere su discurso en los próximos días para no perjudicar a Juanma Moreno, que ni necesita arriesgar ni compararse con Extremadura o Aragón, donde ni el PP gobernaba con mayoría absoluta, ni podía presumir de cifras macroeconómicas, ni de “estabilidad” ni “moderación”, las dos palabras que no faltan en el vocabulario del equipo del líder andaluz. Hasta Feijóo, con agenda propia en Andalucía, se ha arremangado para contribuir a la causa, mientras que Abascal se ha hecho hueco en el cartel de Gavira para recordarle a la gente quién es su candidato.
Todos parecen haber asumido que ya no se trata de dar a conocer un programa electoral, sino de construir titulares, de establecer marcos mentales y afinidades personales, de captar la atención e influir en la conversación, de marcar el ritmo, la tendencia, en beneficio del suspense, que parece que es lo único que mantiene activo, como en una serie, al electorado.