De las bolsas a las promesas
En el mundo del fútbol se ha hablado siempre de maletines -llenos de dinero, se entiende-, sobre todo a final de temporada, cuando se necesitaba el favor de otro equipo. En la política parece que basta con una bolsa de plástico, de supermercado o de la carnicería, como si le estuviésemos quitando importancia al asunto. Eso sí, llévala tú que a mí me da la risa.
España se empeña en vivir retratada en las viñetas de Mortadelo y Filemón o en los chistes de cuñados de Torrente, que no vio venir esta fuente de inspiración, aunque las bolsas de 45.000 euros también harían de mcguffin en una película de Hitchcock: son la excusa para contar el supuesto entramado de corrupción que se está enjuiciando en este momento en torno a una partida de mascarillas en lo más crudo de la pandemia.
Cuando se conozca el veredicto, lo de las bolsas, lo de los libros sobre trenes, lo del gato, lo del dinero gastado en “putas” y alcohol, acabará en anécdota. Aquí lo que importa y, sobre todo, trasciende ahora es el escenario de los hechos. Como diría Antonio Reguera: “Ubicamos la acción” en la calle Ferraz de Madrid.
Al respecto, Alberto García Reyes relataba el otro día los controles de seguridad que tiene que superar un periodista que acude a la sede del PSOE en Madrid para subir a una de sus plantas a hacer una entrevista, en comparación con la facilidad con la que Carmen Pano confesaba que subía a la segunda planta a dejar encima de la mesa de un despacho las bolsas con el dinero sin firmar un recibí.
Sea como fuere, lo cierto es que los testimonios acumulados durante estos días en sede judicial -y pese al silencio del Gobierno y del dueño de la llave de Ferraz-, están comenzando a causar una relevante preocupación en el partido a casi un mes de que se celebren las elecciones andaluzas. Lo contaba este domingo Lucía Méndez en El Mundo: “Los primeros días han tenido morbo, pero lo peor está por llegar”.
Tampoco ayudan los movimientos vividos en los últimos días a la hora de confeccionar las listas provinciales al parlamento andaluz, hasta el punto de provocar titulares que se contradecían unos a otros con apenas un par de horas de diferencia, como ha ocurrido en la provincia de Cádiz: llegó Montero y mandó parar, aunque terminó por recular. Pónganse de fondo las declaraciones del día anterior del socialista Alfonso Moscoso en 7 TV para contextualizarlo mejor -hizo el papel que se esperaba de él, pero echarán en falta risas enlatadas-.
La candidata socialista quiso apagar el sábado los rescoldos con su plan para rescatar a la sanidad pública: de los 5.700 millones de euros más al año que Andalucía va a recibir con el nuevo modelo de financiación para las comunidades autónomas, tres mil los va a destinar a la sanidad pública andaluza cada año.
La cuestión es que el Gobierno no tiene garantizados los apoyos necesarios para aprobar ese nuevo modelo de financiación autonómica en las Cortes. Será o serón. Estamos en campaña y hay que ilusionar al electorado, aunque corremos el riesgo de que a cada promesa le añadamos la comanda del camarote de los hermanos Marx: “y también dos huevos duros”.
El PSOE, al igual que los demás, apunta en dirección a la zona más sensible, la de la gestión de la sanidad pública. También jugará, con el apoyo de Por Andalucía y Adelante, la baza de la guerra de Irán, enfocada al bolsillo de los ciudadanos, situando al PP y a Vox en el plano de los aliados de Trump, corresponsables por tanto del atraco diario en las gasolineras y en la factura de la luz y el gas. Todo eso vale y es legítimo. Lo de las bolsas habrá que dejárselo a los tribunales.