Portadas de papel

Algunas cosas sí hemos aprendido

 Evacuación en Jerez por la crecida del río Guadalete. | VIVA
Evacuación en Jerez por la crecida del río Guadalete. | VIVA

Las inundaciones vividas esta semana en la zona rural de Jerez, con motivo de la crecida del río Guadalete, y el desalojo de más de 600 personas, han deparado escenas que, por desgracia, no son nada nuevas. De hecho, se ha puesto como referencia lo ocurrido en el año 2009, cuando la naturaleza ya reclamó lo que era suyo atravesando el paisaje que le corresponde por historia y anegando enormes extensiones agrícolas, barriadas y varios núcleos del diseminado rural.

Yo iría un poco más atrás, al diciembre de 1996. Aquellas fueron las inundaciones más devastadoras de los últimos 30 años; no sólo porque llovió “a traición”, sino porque los pantanos se encontraban al tope de su capacidad y hubo que desembalsar muchísima agua. Cuando el de Zahara de la Sierra abrió sus compuertas, los municipios en el curso río abajo empezaron a cruzar los dedos. Finalmente, la peor parte se la llevaron las zonas rurales de Arcos y Jerez.

Lo recuerdo ahora porque algo se aprendió de aquella riada que se llevó por delante carreteras y dejó incomunicados a cientos de vecinos: se limpió el cauce del Guadalete y se trabajó con más previsión la política de desembalses -el de Zahara estaba este martes al 33% y Bornos al 75%, pese a lo cual ha habido que intervenir de forma preventiva ante lo que se avecinaba y se avecina para los próximos días-.  

Lo ocurrido en Valencia también sirvió de aprendizaje. Cuando poco después vivimos nuestra propia Dana, la Junta demostró una gran eficacia en materia de emergencias, en especial desde el punto de vista de la coordinación y la activación de medios, y esta semana hemos vuelto a verlo con la instalación del puesto de mando avanzado en La Cartuja de Jerez; si bien, el comportamiento del río, azuzado igualmente por las escorrentías procedentes del arroyo Salado, ha desbaratado parte de las previsiones iniciales: habrá quien haya tomado nota para llevarlo aprendido de cara a futuros escenarios.

Hay, asimismo, situaciones asumidas pendientes de poner en práctica. La más urgente pasa por la conexión del embalse de Bornos con el de Guadalcacín, lo que en las presentes circunstancias habría impedido el caudal desmesurado del río y, al mismo tiempo, preservar para el riego y el consumo humano los incalculables hectómetros cúbicos que van a acabar, desaprovechados, bajo tierra o directamente en el mar, sin olvidar los daños causados por los desbordamientos en el bajo Guadalete.

“La solución estructural pasa por ejecutar cuanto antes esta infraestructura hidráulica”, han reclamado estos días desde Asaja y COAG. De momento, la Junta ha licitado ya el estudio de esta conexión, previsto para el primer semestre de 2026, y lo que se le pide es que no se produzcan retrasos y que pueda ejecutarse entre finales de este año y principios de 2027 para evitar que lo vivido estos días vuelva a repetirse en años venideros; es decir, que si Bornos tiene que desembalsar, ese agua no vaya al cauce del río con las consecuencias que hemos visto, sino al pantano de mayor capacidad. Y ha de ser una prioridad.

Queda todavía una asignatura pendiente más. Según un informe de la Delegación de Medio Rural del Ayuntamiento de Jerez, en 2016 había en el término municipal 439 viviendas levantadas en zona inundable. El año pasado esa cifra ya ascendía a 698, 259 más en menos de una década, y muchas de ellas construidas sobre cauces de arroyos o desviándolos.

De ese total, las denominadas “históricas” entraron en proceso de legalización en 2015 gracias a los Planes de Hábitat Rural Diseminado, pero desde entonces hasta hoy el incremento de viviendas “irregulares” ha ido a más, como si lo ocurrido en 1996 y en 2009 no hubiese servido de experiencia, incluso de advertencia; y eso que algo hemos aprendido.