Rafael de Paula. Muere el hombre. Sigue el mito
La grandeza de los toreros artistas no se mide por el número sino por los hechos y una verónica del gitano de Santiago valía por toda una tarde.
El Día de los Difuntos de 2025 se fue Rafael de Paula. Murió el hombre pero sigue y seguirá por los siglos de los siglos el mito que, ya en vida, era aquel torero de arte, que los artistas, dijo una vez, son los que trabajan en el circo, que nació en la santiaguera calle Cantarería en el seno de una familia de cocheros para crecer con las fatiguitas de los años de la posguerra entre hermanos que casi acababa de vivirse y con la idea de ser mecánico de bicicletas antes que un capote se cruzase en su camino para que, con el tiempo, se erigiese en el Rey del Toreo, como reza esa placa que se colocó en la plaza de toros de Jerez después de aquella enorme faena que le hiciese a Sedoso, de la ganadería del Marqués de Domecq, el 17 de mayo de 1979.
Ya por aquellas fechas Rafael había sido operado de las rodillas, esas mismas que no le dejaron ser el amo del mundo del toro cuyo cetro estuvo a punto de alcanzar muchas veces como pudo ocurrir tras aquella sinfonía del Toreo que interpretó en Las Ventas madrileña en 1987 cortando dos orejas y un rabo y sentándose ganador sobre Corchero, el toro vencido de Martínez Benavides.
Joaquín Vidal, otrora prestigiosísimo cronista taurino, llegó a escribir que "nunca el toreo fue tan bello". La leyenda del gitano de azabache de Jerez fue creciendo a medida que pasaban los años y surgían los miedos de un cuerpo maltrecho, las euforias de salidas a hombros y los desastres de tardes de toros que se fueron vivos al corral. Único e irrepetible desde aquel año 60 en que tomó la alternativa en Ronda de manos de Julio Aparicio o desde que en un encerrona en Jerez, con toros de Bohórquez, fue izado en volandas por sus paisanos que lo llevaron entusiasmados hasta la Basílica de La Merced para cantarle una Salve a la Patrona por el corte de seis orejas.
Triunfos sonados y fracasos estrepitosos que ni él mismo se creía como cuando en 1985, por un tema personal, la Guardia Civil se lo llevó preso desde la Plaza de El Puerto, vestido de torero, y él, genio como era, le preguntó a los de la Benemérita que si tan mal había estado como para que se lo llevasen detenido.
Su muñeca única, su cintura, su porte de torero de tronío le hicieron ser tan diferente a todos que recuerdo como un Paulista empedernido como fue otro inolvidable jerezano como Manolo Giráldez, empleado del Banco Central por cierto, dijo que él iba a la plaza únicamente para verlo hacer el paseíllo. El penúltimo lo hizo en el año 2000, ya con 60 años, con más valor que El Espartero dadas sus muy disminuidas condiciones físicas, en Jerez en una tarde donde los dos astados se fueron al corral tras sonar los respectivos tres avisos. Llorando, hundido, pero majestuoso, indomable como había sido siempre, se cortó la coleta y con rabia contenida la tiró a ese ruedo de albero que no volvió a pisar, aunque luego se le hizo un homenaje en Las Ventas y hasta se le concedió la Medalla de las Bellas Artes.
Hasta para recibir premios, Soto de primer y Moreno de segundo apellido, era distinto. Le concedieron el galardón, entregado por el hoy rey emérito Juan Carlos, por aclamación popular. Es el primer caso que veintiséis mil firmas, liderando su amigo Francisco Flores Prieto, siempre luchando por las causas que entiende justas, la recogida de las mismas. Tan abrumadora llamada a la concesión no pudo pasar desapercibida y dos años después de colgar el traje de luces recogió la preciada presea. Nunca nadie la había merecido tanto porque lo que hacía, para bien o para mal que hubo de todo en sus cuarenta años de labor taurina, era puro arte.
Torero de arte, el mejor torero llegó a definirse aunque a veces, muchas, lamentaba ese problema de las rodillas que le impidió ser más grande de lo que fue si ello hubiese sido posible. Tal vez hubiese estado en más carteles, incluso su tesorería podría haber estado más llena y hasta sus paredes más plenas de fotos, pero la grandeza de los toreros artistas no se mide por el número sino por los hechos y una verónica del gitano de Santiago valía por toda una tarde.
Su vida personal e intransferible fue homóloga a su carrera en los alberos. No era una persona indolente. Su boca no callaba ni para comer. Su toalla de bufanda, su amor a Jerez de la Frontera "donde se comen las papas enteras", su paso por el presidio, sus problemas judiciales, sus respuestas casi impublicables, sus desplantes, sus arreones a gente que entendía no se habían portado bien con él, su proyecto de apoderado de Morante, al que indicó que le enseñó a torear, sus anécdotas, su forma especial de ser y hasta su manera de decir adiós a esta vida en un día tan señalado como el 2 de noviembre lo hicieron un mito que seguirá vigente por siempre en Jerez, en Madrid y en toda la España taurina que llora el adiós de alguien que pasó por este mundo sin dejar a nadie indiferente.