¿'Los domingos' o 'Sirat'?, o por qué se merecía más el Goya la primera
En un país en el que, desde que naces, te obligan a ser del Barça o del Madrid, de derechas o de izquierdas, es normal que la gente se haya acostumbrado a que te sometan a todo tipo de disyuntivas, en su mayoría banales. Una de las más recientes nos invitaba a elegir entre Los domingos o Sirat como mejor película española del año.
La misma academia que eligió a la segunda para representar a España en los Óscar ha decidido ahora que sea la primera. Las dos son grandes películas, pero hay una precisa diferencia entre una y otra: recomendaría Los domingos a cualquier persona que le guste el cine; Sirat, sólo a quien tenga estómago y no ponga reparos a las emociones fuertes.
Dicho lo cual, me parece un acierto que la ganadora haya sido la película en la que priman la honestidad, la valentía y, sobre todo, la delicadeza, y si es eso mismo lo que ha dado ardores de estómago a quienes la han criticado, más aún, ya que han visto posiciones dogmáticas donde prevalecen tres actitudes fundamentales en nuestro ejercicio diario: sentir, respetar y entender.
Al frente de Los domingos se encuentra una de las mejores cineastas de una nueva generación en la que ya brillan con luz propia Carla Simón y Pilar Palomero, entre otras. Se llama Alauda Ruiz de Azúa y debutó con una ópera prima que acaparó numerosos elogios y premios, Cinco lobitos. Después asumió para Netflix el encargo de una atractiva comedia romántica, Eres tú, y se estrenó en televisión con otro muy notable trabajo, la serie Querer.
Así, hasta llegar a Los domingos, de la que también es autora del guion, y en la que sitúa de nuevo el eje de la historia en el seno de una familia, aunque con intención de ir un poco más allá, de explorar de forma muy sutil otro tipo de emociones, sobre todo cuando escapan a cierta comprensión, a la lógica del mundo contemporáneo; en este caso, la decisión de una adolescente de ingresar en una orden religiosa de clausura.
Ruiz de Azúa, además, lo cuenta de forma magistral, sin caer en la cursilería o en discursos vacíos y, más aún, sin pisar el fango en el que se dirimen las diferencias entre buenos y malos. Aquí no los hay. La película se limita a plantear las dudas, los miedos, los recelos, la incertidumbre... que surgen entre los que apoyan a la joven, a la vez insisten en que se replantee una decisión que pudiera resultar equivocada, pero también los anhelos y la determinación de la propia protagonista para justificar su decisión.
Su acierto no se limita sólo a su sentido de autor, ni siquiera a la forma en la que mira a cada uno de los personajes y a cómo afronta cada secuencia, sino que está presente en la elección de la debutante Blanca Soroa y de una extraordinaria Patricia López Arnaiz, imprescindibles para entender la dimensión del conflicto interno y externo que va creciendo a partes iguales a medida que avanza una historia en la que tampoco hay vencedores ni vencidos, sino diferentes percepciones vitales.